El ex niño prodigio del ajedrez español, fallecido a los 84 años, no tuvo en el franquismo todo el apoyo que merecía su gran talento.

La muerte de Arturo Pomar (Palma de Mallorca, 1931- Barcelona, 2016) el pasado jueves en Barcelona me trajo un montón de recuerdos. Arturito Pomar fue considerado en los años cuarenta “el primer embajador de España”, como proclamaban titulares de la prensa del momento. A los 13 años le hizo tablas al campeón del mundo, el genial Alekhine. A los 14 años se proclamó campeón absoluto de España, título que revalidó en otras seis ocasiones. Fue el primer GM (Gran Maestro) del ajedrez español. La popularidad de Arturito Pomar en la posguerra tuvo la misma intensidad, si no más, que la alcanzada años después por Bahamontes, Di Stefano o Manolo Santana. En 1962 Pomar le hizo tablas a Bobby Fisher en el Interzonal de Estocolmo.

A partir de ese momento la estrella de Arturito Pomar empezó a declinar. Se le seguía llamando Arturito, pese a que ya estaba metido en la treintena. Trabajaba en el área de Cultura de la Diputación de Barcelona –así es cómo se ganaba la vida- y ese esfuerzo laboral fue menguando poco a poco sus expectativas como gran ajedrecista. El franquismo no le apoyó todo lo que merecía su sabiduría ante el tablero. El suyo era un talento instintivo. En él prevalecía la lógica y la imaginación, mucho más que la técnica o la teoría. Pero ese bagaje iba difuminándose con el tiempo. Pomar se fue convirtiendo poco a poco en un hombre ensimismado, melancólico, con los hombros caídos y una vitalidad apagada. A veces parecía estar hablando consigo mismo, en susurros, enfrascado en sus pensamientos.

En el otoño de 1969 (finales de septiembre, primeros días de octubre), el Gambito –club decano del ajedrez valenciano- jugó en Sevilla la final del campeonato de España por equipos. En la fase eliminatoria el Gambito quedó campeón de su grupo (superando a los equipos de Las Palmas, Aragón y Español de Barcelona), y pasó a la final en la que tuvo que enfrentarse a los equipos más poderosos del momento: el Schweppes (Madrid), el Barcelona y el Tarrasa. Pomar, con treinta y siete años, era el primer tablero del Barcelona. Yo, el primer tablero del Gambito. Las piernas me temblaban cuando me senté a jugar contra el ex niño prodigio. Pomar ya no era el que había sido, pero seguía imponiendo mucho respeto.

Jugué bien, pese a los nervios. Llegamos a un final ligeramente favorable para mi posición. El legendario GM me pidió tablas con una sonrisa apocada. Acepté enseguida. Yo era joven y jugaba muy bien, con pasión e ideas. Pomar problamente me tenía tanto miedo como yo a él. El empate era un resultado agradable para los dos. Tras firmar la planilla, salí a la calle y compré tres postales. Las tres con la imagen de la Giralda. Una se la envié al presidente y fundador del Gambito, Vicente Adell. Otra a mi mejor amigo en aquella época, José Antonio Martí. Y la tercera a mis padres. En las tres escribí lo mismo: “¡¡¡Le he hecho tablas a Arturito Pomar!!!”

En los años setenta me pasó algo en cierto modo parecido a lo que le había ocurrido a Pomar. ¿Puede ser el ajedrez una profesión? Puede serlo, sí, pero es difícil que lo sea, salvo que el discurrir natural de las cosas lo indique con claridad. Capablanca, Tahl, Fisher, Kasparov… Ellos consiguieron que su pasión fuera también su oficio. Pomar, si hubiese contado con apoyos oficiales, podría haber sido en la década de los 50 uno de los candidatos al título mundial, siempre y cuando las horas que dedicaba a su trabajo alimenticio en la Diputación de Barcelona las hubiera dedicado al ajedrez.

En mi caso, siendo un ajedrecista tardío (empecé a jugar a los 14 años), la decisión se imponía de modo evidente, aunque dudé. Y sobre todo me hicieron dudar. Hice un análisis frío: ‘Déjalo, Rafa, tú no tienes el talento ajedrecístico de Pomar’. Además, ya era tarde. Se impuso el sentido común. Tocaba centrarse en el periodismo.

La renuncia no fue dolorosa. El periodismo me apasionaba tanto o más que el ajedrez. Así pues, no me convertí en un hombre meláncólico y apagado. No tuve que enterrar horas y horas perdidas en tareas burocráticas.

Artículo originalmente publicado el 30 de mayo de 2016 en Grandes Almacenes del diario Las Provincias.